
No se cansa nunca el mar
de chocar contra la roca
con su espuma, con sus olas;
ni la roca de aguantar.
Sencillamente, se moja.
Se complace en esperar
a que baje la marea
y se pueda solear,
auque sean unas horas,
cubierta de algas y arenas.
Resignada a soportar,
de nuevo, las embestidas...
¿No es la vida como el mar
y nosotros como rocas?
Simplemente hay que esperar
bajamar. Una tras otra.
*